7 enero 2026 - 21:47
fuente: UPAL
Gaza, Venezuela y Cuba comparten una realidad común

La violencia en el escenario internacional ya no se ejerce únicamente de manera abierta, sino que cada vez más se reviste de discursos morales falsos, presentando guerras, bloqueos y agresiones como supuestos actos de “protección” o “liberación”. En ese proceso, no solo se ataca a un país específico, sino que se socavan los principios fundamentales de soberanía y autodeterminación de los pueblos.

Lo que hoy sucede en Gaza no es un hecho aislado ni una excepción circunstancial. Es la manifestación más brutal de un sistema que considera el asedio un instrumento legítimo, el castigo colectivo una política aceptable y la deshumanización de un pueblo entero una narrativa tolerable. El bloqueo impuesto sobre Gaza, con su hambre planificada y su destrucción sistemática de la vida cotidiana, constituye uno de los crímenes más graves de nuestro tiempo.

Esa misma lógica se aplica desde hace años contra Venezuela, sometida a un asfixiante cerco económico y financiero que castiga directamente a su población civil, así como contra Cuba, víctima de uno de los bloqueos más prolongados y severos de la historia moderna, sostenido pese al rechazo reiterado de la comunidad internacional.

Gaza, Venezuela y Cuba comparten una realidad común: no son castigadas por lo que hacen, sino por lo que representan. Son pueblos que han defendido su soberanía y han rechazado la imposición externa. Cuando el bloqueo y la agresión se normalizan como herramientas políticas, el derecho internacional deja de ser un marco universal y se transforma en un mecanismo selectivo al servicio del poder.

Desde la Unión Palestina de América Latina afirmamos que defender Gaza es defender también a Venezuela y a Cuba, y a todo pueblo sometido a sanciones, asedios o agresiones por ejercer su derecho a decidir su propio destino. Rechazamos la naturalización del castigo colectivo y afirmamos que la dignidad humana no es negociable.

El silencio frente al bloqueo es complicidad. La indiferencia ante la agresión es una forma de participación. Hoy, la solidaridad entre los pueblos no es solo un gesto político: es una responsabilidad ética frente a un orden internacional que pretende imponer la fuerza como única ley.

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